Catalina Gré. Alumna de 4to medio
Moralina
Por la calle, camina. Con toda lógica, Moralina. Saluda a Lavandero, saluda al caso Piñera Gate, se reverencia ante Longueira. Moralina tiene dos caras: una está alegre y la otra (¿obvio?) está triste. Siempre muestra la alegre pero la triste –cual espalda desnuda– siempre se nota y se adivina. Moralina no es una mujer, es una dama, come con la boca cerrada y las manos las tiene bonitas, japonesas. Y por debajo de la mesa la entrepierna se le entibia (Jesucristo en un cajón); quizás de calentura, quizás de envidia al imaginarse ciertas mujeres sin horquillas.
Sin título
Sentarse en una micro es mirar para afuera. Es un walkman. Sentarse en una micro implica dormir en el hombro del que está al lado tuyo y no lo conoces, excepto por ese momento. Una micro es borracha, una micro es futbolera. Una micro son 380 pesos, o un “me lleva por cien”. Yo que soy chico y que tengo no sé qué en la cara, una vez me preguntaron: “¿paga adulto o escolar?” y no sé por qué me preguntó eso ni tampoco por qué dije: “adulto”.
La bandera chilena
Con el cielo hicimos una bandera, robándonos una que otra estrella inútil. Sacamos tinta azul de los Informes Desaparecidos y dijimos que nos habíamos cortado las venas para el rojo (mientras guardábamos cuerpos en los refrigeradores). El blanco, supuestamente, venía ya incorporado. Después los poetas dijeron que la Antártica, que la cordillera amamantándonos... De cualquier forma, hemos terminado todos quemando cóndores y huemules, sintiéndonos infinitamente chilenos.
Sobre (ganador de mención honrosa en concurso de la Unab)
No hay un antes ni un después, son dos puntos que se hacen círculo y continúan.
Ella se mueve sinuosa y elegante, se estira. Comete esos errores que tiene su belleza. Hay sol. Sin embargo hay un él, tienen la misma fuerza y por eso se miran, se acercan con su caminar sensual. Parece que juegan y si ella pudiera llorar, lloraría ahora. Sí el pudiera saltar, saltaría muy alto. Son dos, uno igual dos. Concientes, en un puente eterno, un puente de esos para irse; una pasarela. Comienzan a entrelazarse, se han reconocido entre los autos, han visto el opuesto y es aquí cuando viene la destrucción cual maremoto: uno no puede quererse así sin matarse (¡quebrarse!) al mismo tiempo. El ego no lo permite y hace de ambas cosas un unísono, palabra que siempre suena bonita. Entonces se arañan y se parten, se mezclan. Son líneas trizadas. Saben que están atados, que hay casas y dueños con collares. Lo saben y por eso abandonan.
Están en el pavimento. Él está con la vista perdida, se imagina estancado en un ascensor, en el inexistente piso trece. Ella ha bajado del piso catorce. Él no piensa nada de ella.
Ella no lo sabe, pero no puede soportarlo a él. No lo soporta porque busca la conciencia de la distancia. La busca cuando cae él en su pecho, cuando se acurruca tras sus orejas. Por eso mira sus ojos así ahora, lejanamente. Debe darle rabia que él tenga los ojos amarillos, cuando ella es la amarilla, la que no tiene blanco y se ensucia.
Se lamen sus espaldas cóncavas, abrazan sus espinas dorsales ensalivadas. Ella es tan delgada que enternece. Él es tan gris que parece disfrazado de edificio.
Erizarse. Cada pelo en su máxima expresión eléctrica, cada momento llevándolos a la risa del placer. Se desdoblan y ella muerde su oreja, él la golpea con su cabeza, sutilmente. El deseo se abre como un abanico y se vuelve interminable; superior. Enredan sus lenguas y escobillan sus vientres. Ella le ha sacado una uña, él le ha arrancado unos pelos, y así se van deshilando. Sienten que se llenan de agua, pero no les importa. Están uno sobre otro, como hojas de papel, sin pensar. Se dan vueltas, se vuelven frenéticos y están sintiendo(se) tanto que les dan ganas de escaparse a una de esas ciudades en las cuales está esa luna que tiembla en el agua.
Todo, así de absoluto, se vuelve el momento presente: hay un instante en que se cruzan, en que se abrazan con los ojos.
Cuando llega el final, un silencio se abre, porque la luna ha temblado sin ciudad y han sido música lejos de violines. Han querido matarse y no lo han hecho, se han resuelto antes de enrollarse, porque son efímeros como las ilusiones.
Entonces cimbran sus colas y al fin, quién sabe si por instinto o por razón,
maúllan.
El niño corre
El niño aceituno corre como un conejo. Corre las cortinas arboladas (¿perladas?) del bosque de pájaros oscuros. El niño corre y sigue siendo niño. Sus ojos de cruz, su boca cortada, van saltando. Conejos, conejosmagia. El niño no dejará de correr, no dejará de chupar la falta de luna, las nubes: estrellas resentidas, calladas. Todo el cielo, todo el cielo petróleo. El cielo se ha dado vuelta para dejarlo a él ahí, corriendo niño. Él también mató a un amigo sin querer. Jugando a las bolitas; lo hizo tragarse todo, hasta el bolón más grande y la luz más chica, hasta las migas más estúpidas. El niño corre, el niño corre sin aureolas y es canción, el niño corre y lo van a atrapar, le van a decir que es maricón, que tiene culpa, la culpa entera, toda la culpa.
Se ha puesto negro, pero no de mugre. No cree en nada (ni siquiera en sus dudas). Va tropezándose, un poco deshaciéndose, un poco electrocutándose. Está mojado como un ratón: el lago y el ahogo. Su cuerpo mínimo inflándose, su cuerpo de peces: mi cuerpo de algas con sangre. Agua. Mis mechones se han puesto tiesos como repentino hielo. Tranquilo, me he escondido. Mis huesos están culebreando, mi pene ya se infartó. Me voy a morir, un ratito, por favor.
MUNDO
La sangre salta y ebulle
oh cicatriz chueca:
no puedo pensar más que en ella
y en sus grandes ojos de alegría
tartamudeando su propia belleza
He olvidado los astros y los mares
para poder recordar sólo sus momentos
como si fuera yo mismo el que está mirando
desde el otro lado de la calle
con ojos libres
Luego olvidé los valles y los bichos
y todas las hermosas montañas de la tierra
para poder volver a oírla a ella
viva o ecuestre
como a un gran acantilado al cual se admira
La amo y es como amarlo Todo.
FAUV
Furia podrida y perdida de los primeros años de
fuego y silencio
la ira y la llama como pupila en el rostro del hombre
hace ya 20 años que no la he visto
El talento va lento
como el tren que nació de la montaña
niño desamparado y perdido
dándose cuenta de sí mismo
oh cómo se sufre esos primeros años
lejos de todo
Si tan sólo se nos permitiera
intuir el paraíso.
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